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Carlos Martín-Peñasco

Junio de 2014. Un bar en la calle Luchana. Un grupo de desconocidos empieza a conversar sobre aquello que les gusta hacer y, así, fácil y rápido, el universo conspira para que se pongan a fantasear con emprender un proyecto común que les permita seguir creando, aprendiendo, disfrutando. ¿Cuántos ideales de vida se han fraguado brindando con cañas?

Invierno de 2015. Calle Ribera de Curtidores. Alicia, una de las artífices de la idea, y Marcos, encargado de la tienda, conversan en la entrada del local con un cliente. “Woody Metal, la tienda, es el pulmón del proyecto. Vendemos muebles y objetos de decoración, estilo vintage de los ’50 y ’60. Predomina lo nórdico, de países como Suecia y Dinamarca”. Hasta allí viajan Alicia y los suyos para recolectar muebles y cargarlos en un barco que les lleva al puerto de Berlín, donde pasan del carguero a un camión en el que viajan a Madrid. Cuenta Alicia, casi dándole la risa, que el último cargamento fue de 11 toneladas. “Los suecos son pioneros en el diseño de muebles, de ahí que seamos tan admiradores de su estilo. Ahora queremos abrirnos a California, donde se están haciendo cosas muy interesantes. También pasaremos por las Vegas para traernos esos neones maravillosos. Nos encanta este trabajo, por eso hemos inventando el verbo tragozar, que es lo que hacemos”.

Woody Metal son amantes del diseño, defensores del «second love», sastres de muebles, creadores de prototipos soñados y promotores del verbo tragozar

Además de la compra-venta de muebles vintage, concepto al que ellos llaman ‘second love’, los chicos de Woody Metal reconvierten las piezas dotándolas de una nueva vida, de ahí que se definan como una “sastrería de muebles”. Además, están metidos de lleno en el diseño de wallpapers, que crean tanto ellos como otros amigos artistas como Ricardo Cavolo, Carlos Díez o María Escoté. Marcos acaba de terminar una de estas láminas para empapelar decoradas con un gran reparto de superhéroes de cómic. Al fondo del local podemos ver más muestras con todo tipo de estampados: dinosaurios en 3D, rascacielos o parques franceses impresionistas invadidos por cámaras de seguridad. En esta misma estancia, una exquisita mesa roja de madera que el arquitecto Jan Bocan diseñó para la embajada americana de Estocolmo hace de mostrador para artículos de ropa. “Cuando encontramos piezones así, decimos que tenemos otro Ferrari”. Alicia matiza que Woody Metal no tiene nada que ver con un anticuario. “Los anticuarios son más barrocos”, dice Marcos, que acto seguido se va a pegar martillazos a una silla.

Según Alicia, “hay mucha gente alrededor de este proyecto”. Woody Metal colabora estrechamente con Gunter Gallery, además de contar con un equipo de restauradores jóvenes que hacen auténticas virguerías con cada pieza que encuentran. “No buscábamos abrir en el Rastro, pero encontramos este local y entendimos que era aquí dónde teníamos que estar. Eso sí, queríamos tener los precios más asequibles del gremio. Además, esta zona nos da ese punto cañí que nos encanta. Los domingos a última hora de la mañana nos ponemos a dar cerveza a los clientes, no veas la que se forma”.

Un cartel a la entrada del local reza ‘Woody Metal, ¡más madera! Esto es la guerra’, en referencia a la escena del tren de Los Hermanos Marx en el Oeste. Quién les iba a decir a aquella panda de extraños minutos antes de conocerse en un bar de Luchana que esa misma tarde de verano declararían la guerra a los sueños para hacerlos reales como la madera misma.

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