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Cecilia Díaz Betz

Definir a David Lynch como uno de los mejores cineastas que ha parido el siglo pasado, y sigue vigente en este, se queda muy escaso. Parece una locura esto que digo, sin embargo es cierto. El cineasta autor de maravillas como Carretera Perdida, Corazón salvaje, Mulholland Drive, Inland Empire o Eraserhead; creador de una de las series televisivas más destacadas de la historia: Twin Peaksy fiel defensor de la meditación en los colegios y en la vida en general, para promover y ejercitar la creatividad, cae de cajón que no se puede etiquetar solo como cineasta.

Nguyen se mete de lleno a explorar cómo, cuándo y porqué, David Lynch entra en el mundo del arte, y más concretamente en la pintura

Su embrujo artístico ha tocado múltiples disciplinas y en todas ellas ha impreso su magia oscura, su irreverencia y su desmesurado talento. Desde la música, a la pintura, pasando por la interpretación, la fotografía e incluso el diseño de mobiliario, David Lynch es, en definitiva, todo un hombre del Renacimiento. Clamaba al cielo que se le dedicase un documental sobre su persona, tan sesudo, laberíntico y especial como él. Dicho y hecho, el 31 de marzo de este año se estrenaba el documental David Lynch: The Art Life (el cual, increíblemente, se estrena ahora en Reino Unido). Un film documental dirigido por Jon Nguyen quien, por el año 2007, ya se había atrevido a dedicarle una interesante pieza a este monstruo creativo, titulada sencillamente Lynch. Diez años más tarde, Nguyen se mete de lleno a explorar cómo, cuándo, dónde y porqué, David Lynch entra en el mundo del arte, y más concretamente, en el de la pintura. Un momento vital decisivo que tuvo lugar cuando el pintor y padre de uno de sus amigos de la adolescencia, Bushnell Keeler, le regala el libro El espíritu del arte del realista americano Robert Henri. Ahí es cuando Lynch se da cuenta de que quiere tener una vida de artista, sencilla.

Esta faceta es probablemente la menos conocida de él, pero no por ello menos importante: él mismo relata como siempre ha sentido que su obra pictórica es más su seña de identidad que incluso la fílmica. En definitiva, el film sorprende porque nos presenta a un insólito, calmado y poco excéntrico David Lynch, en su estudio, charlando pausadamente sobre arte. Aunque solo sea por escucharlo en primera persona relatando su recuerdos y vivencias artísticas, merece la pena zambullirse en David Lynch: The Art Life.