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Cecilia Díaz Betz
Hoy en día, resulta casi una utopía el pensar en reconquistar las inmediaciones de Sagrada Familia. La afluencia masiva de hordas de turistas, acudiendo a la llamada Gaudiniana en forma de gigantesca catedral eternamente inacabada y profundamente explotada, han convertido este barrio en inhabitable. Bajar a comprar el periódico por allí le obliga a uno a participar en una gincana callejera donde el reto consiste en esquivar guiris, evitar salir en fotos anónimas y volver a tu casa de buen humor. Ni qué decir tiene, encontrar un lugar donde comer bien, sin que la ración de paella recalentada te cueste un riñón, es casi misión imposible. Pero lejos de perder la esperanza y dejarnos llevar por la dramática senda de la guirifobia, he de decir que la batalla no está perdida del todo, y las almas locales han decidido progresivamente devolverle el sentimiento de barrio al mismo. Tal es el ejemplo del nuevo restaurante Singular, pasito a pasito y lidiando con los turistas en un inglés impoluto, se han instalado a una calle de Sagrada Familia con la firme, honesta y sensata ambición de ofrecer una carta donde los protagonistas son los productos frescos de temporada, y su sino es dar un trato cercano con el cliente que devuelva esa sensación de barrio.
Su cocina es sencilla, honesta, sin artificios, ni excesos, ni las cargantes proclamas folclóricas propias del barrio que lo acoge

Singular es un espacio abierto a todo el mundo -literal y metafóricamente hablando- de aires pausadamente nórdicos en su decoración. El local se vertebra a través de un gran ventanal -que también hace de asiento- que anima de una forma muy natural a entrar, sentarse y degustar algo bueno y saludable, leer tranquilamente la prensa mientras uno se toma el bienlogrado café o desayunar como un campeón mientras marujeas la vida de la callea través de ese gran ventanal. El interior cuenta con una envidiable luz natural, y está organizado en dos plantas: la superior siempre más tranquila e íntima, ideal también para ir con los más pequeños (cuenta con zona de juegos), y la inferior a pie de calle, más vivida y con mesas comunitarias. Se nota que su esfuerzo reside en conseguir que el cliente se sienta en su casa, tanto en comodidades y trato, como gastronómicamente hablando.
Su cocina es sencilla, sin artificios, excesos, ni proclamas folclóricas propias del barrio que lo acoge. Cuenta con una huerta que lo abastece de frutas y verduras, y dos o tres veces por semana recolectan sus productos para servirlos frescos. Su oferta empieza en el ya instauradísimo brunch, pero entendido no como una moda, sino como un desayuno completo para los que amanecen más hambrientos. A la hora de comer su carta se llena de delicias en forma de tapas y raciones. Desde un muy recomendable ceviche, pasando por croquetas caseras de pollo asado, hasta unos buenos minis madrieños de calamares. No se puede pasar por alto probar una ensalada, la de lentejas, calabacín, zanahoria baby, cebolla tierna y jamón ibérico, es todo un hit en la carta. Las palabras mayores llegan en forma de pastas con una deliciosa lasaña vegetal presidiendo; pescados donde la brocheta de rape y gambas se alza con la medalla de oro; y carnes en las que destacan las burguers. Como colofón final y broche dulce, tienen una coca casera de manzana que sirven con helado de vainilla, que es una verdadera maravilla. Y todo a partir de 20 euros, ¿qué más se puede pedir?

 

Detalles




  • Dirección: Sardenya, 321, Barcelona
  • Horario: L-D 08:00 - 23:00
  • Tipo: Restaurante