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Cecilia Díaz Betz
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Cuando llega el último día del año, además de la entrañable festiva euforia que se despierta en nosotros por despedirlo, pasar página y cerrar, también nos envolvemos en un aura de nostalgia y cierto pánico por aquello de lo efímero; ver que la vida se nos desliza fugaz por los dedos. Un pasaje interior que nos invita a azotar nuestra -hoy más que nunca- alelada memoria, en busca conclusiones que condensen lo que han sido los últimos 365 días de existencia, es decir; un paradójico y constante intento de parar el tiempo. Pero, ¿qué nos llevamos al nuevo año? ¿qué dejamos morir y qué vivir?

Preservar lo extraordinario del tiempo que estamos dejando atrás y poder llevárnoslo con nosotros de por vida

Hoy, día 1 de este recién nacido 2018, nuestra maleta la hemos cargado únicamente del sublime relato fotográfico de la artista estadounidense Mary Kocol (Hartford, Connecticut, 1962). Sus imágenes consiguen condensar de una forma tan bella y alegórica ese querer preservar lo extraordinario del tiempo que estamos dejando atrás, y poder llevárnoslo con nosotros de por vida. Estampas de flores y plantas congeladas que van más allá de su ya de por sí increíble encanto estético, para profundizar en algunos grandes temas metafísicos de la humanidad: la vida, la muerte, el paso del tiempo, el más allá. Sin grandilocuencia y, por el contrario, haciendo gala de una sensibilidad y sutileza excepcionales, Mary Kocol logra atrapar los recuerdos y los hace perdurar en el tiempo. De hecho, su aclamada serie Ice Gardens, la cual os mostramos aquí, nació en primera instancia como homenaje al amor que profesaban sus padres por los jardines, las plantas y las flores. Cuando falleció su madre, Mary Kocol dio comienzo a estas bucólicas capturas analógicas, para retener de por vida sus queridas flores.

Las imágenes, en toda una suerte de metalenguaje -no hay nada que nos hable tanto de la vida, la muerte y el tiempo como la fotografía analógica- sentencian por sí solas la fragilidad de la vida y la sublimidad de la misma. Una narración extrañamente vitalista, que deviene en un extraordinario testamento de belleza y veracidad. Un hielo que calma los golpes, anestesia nuestra alma y cristaliza nuestros sueños.

Nada más apropiado para este preciso momento en que acabamos de congelar todo lo maravilloso que ha dado de sí el 2017 y nos disponemos con entereza, ilusión y nerviosismo, a ponerle cara y ojos al 2018.

No dejéis de conocer más sobre la obra de Mary Kocol haciendo click aquí.