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Carlos Martín-Peñasco

No hay dos visitas a La Fábrica que sean idénticas. Depende de qué puerta se atraviese, uno puede sucumbir a un capuccino al costado de un gran ventanal, o aparecer en la librería y encontrar esa publicación que llevaba años buscando, o bien sufrir un irremediable flechazo con la obra de un artista emergente (ya no se sabe si es un piropo o un insulto) en la galería subterránea.

La Fábrica es uno de los espacios culturales más prolíficos de Madrid. El principal impulsor, Alberto Anaut, dio con la génesis del proyecto al fundar la revista Matador a finales de los ochenta, una publicación anual en la que cada número gravita en torno a un tema dirigido por ilustres comisarios señalados ad hoc hasta el día de hoy. Poco a poco, los hornos de esta factoría se pusieron en marcha identificando las necesidades y lagunas culturales que padecía la ciudad hasta que comenzaron a brotar de sus chimeneas festivales como Notodofilmfest, Eñe o Photoespaña y sus compuertas se abrieron para acoger exposiciones de artistas como Marina Abramovic. Adoptando la filosofía del renovarse o morir, La Fábrica se reinventó en 2013 en forma de tridente de 400 metros cuadrados compuesto por librería, galería y café con un reto claro: ser un punto de encuentro alejado de elitismos o exclusividades, exponer piezas que no estén solo al alcance de las instituciones y apoyar a esos artistas que luchan por dar salida a su obra más personal. La sección «Auto», que ocupa una de las paredes de la galería, es una pequeña ventana reservada para que estos creadores prescindan de su trabajo alimenticio por una ocasión y muestren ese material propio que tiene más dificultades comerciales.

Dicen en La Fábrica que otro afán es reunir bajo su techo todos esos placeres que conforman la buena vida, de ahí que en la misma librería se vendan vinos, aceites e incluso haya espacio para una lámpara solar en forma de girasol con finalidad solidaria. Volviendo al acercamiento con la calle, han lanzado una tirada de mil copias de su colección «PHotoRegalos», fotografía de autores -de la colección Photobolsillo- firmadas y enmarcadas, para recuperar este tipo de coleccionismo a un precio asequible.

En La Fábrica se respira una tranquilidad dinámica, estimulante y luminosa para comer, leer y empaparse de arte

La buena vida, claro está, pasa por el (buen) comer y el (buen) beber. En el café de La Fábrica podemos encontrar menús del día, de fin de semana y platos a la carta. Entre los entrantes, recomendamos la burrata con tomates confitados, el tartar de salmón con wasabi y el carpacho de pulpo. La cocina de La Fábrica se enmarca dentro de la fusión mediterránea, con una fuerte influencia italiana -no es casualidad que tengan un falso risotto delicioso- que deja lugar a opciones más eclécticas como el entrecôt de Nebraska o el bacalao en salsa de ñoras. Atentos a las noches de lunes a jueves: ofrecen la famosa Cena de Tapas, compuesta por un antipasti, tapa de bravas, croquetas de boletus, ensaladilla rusa-rosa y mejillones al vapor por 10 euros (bebida y postre no incluídos).

Y si entrar en el número 9 de la calle Alameda es comprobar que no hay dos visitas iguales, no queda otra que dejarse sorprender: acabar por casualidad sentado en la tercera fila de la presentación de un libro, disfrutar de leer el periódico (sí, ¡el periódico!) mojando un croissant en el café o darse un capricho gourmet, artístico o editorial para alegrarse un día insípido. Que viva la buena vida.

Detalles




  • Dirección: Alameda, 9.
  • Horario: L - V 09:30 - 00:30 I S 10:00 - 01:30 I D 10:00 - 17:00
  • Teléfono: 912 98 55 23
  • Tipo: Espacio multidisciplinar
  • Web: http://lafabrica.com/cafe/