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Cecilia Díaz Betz

Unos ojos espectaculares que albergan una languidez e indiferencia aplastante, te miran fijamente y ya no puedes desprenderte. Pero, ¿quién es esa chica de piel blanca impoluta, casi transparente, que no puedes parar de observar y que no deja de mirarte? Hablamos de la hija de Hendrik Kersten, un fotógrafo holandés, que con 39 años decidió romper con todo en su vida, y dedicarse al mundo de la fotografía en cuerpo y alma, con su única hija ejerciendo como modelo a lo largo de estos más de 15 años. Sus instantáneas, entre otras cosas gracias a la especial utilización de la luz, adquieren matices propios de la pintura que resultan fascinantes. Esto unido a las características posturas de la modelo con claras reminiscencias a la pintura flamenca del siglo XVII, consigue que finalmente dudemos de si estamos ante un cuadro o una foto.

Esta magia que Hendrik Kersten consigue viene además acompañada de un punto surrealista, absurdo y muy cómico a través de la indumentaria con la que viste a su hija

Esta magia que Hendrik Kersten consigue viene, además, acompañada de un punto surrealista, absurdo y muy cómico a través de la indumentaria con la que viste a su hija. Bolsas de plástico, papel higiénico, trapos de cocina, papel de aluminio, y todo un largo etcétera de objetos utilitarios del día a día, que se convierten en tocados, sombreros, toquillas, y que de algún modo se ríen amistosamente del simbolismo y la pulcritud propia de la corriente pictórica flamenca. Sus fotografías quieren recordar a las obras de Vermeer o Rembrandt pero, a la vez, rompen con ese naturalismo. Provocan una escena desconcertante en la que la mirada penetrante e intensa de la protagonista viene a decirnos algo así como «no me importa lo más mínimo» en una especie de oda a la desidia teenager. Sea como fuere, hay algo de lo que no nos cabe duda, y eso es que el trabajo de Hendrik Kerstens te deja prendado en milésimas de segundo, ya sea por desconcierto, fascinación, realismo mágico, o todo a la vez.