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Nuria Candela López

Bajo el título Francesca Woodman: Italian Works, una nueva exposición en Venecia explora las obras que la artista realizó en Italia. Estará en el Victoria Miro hasta el 15 de diciembre. Una ocasión única para analizar la relación entre su fotografía y el arte italiano o para volver a maravillarnos con la fugacidad, el magnetismo, el misterio o la melancolía; rasgos característicos que encontramos al detenernos frente a sus fotografías.

Muchas imágenes célebres vinieron de esta época, incluida la serie Angel, donde Woodman salta alegremente hacia dos alas que cuelgan del techo del Cerere

Francesca hablaba italiano con fluidez, había ido a la escuela cerca de Florencia para el segundo grado y pasaba los veranos en la casa de vacaciones de su familia en Antella, Toscana. Fue en Italia donde George Woodman le dio una cámara a su hija y donde esta la cogió por primera vez. En el 1977 se pasó un año en Roma estudiando en el programa European Honors de la Escuela de Diseño de Rhode Island. Las imágenes que forman parte de la exposición fueron tomadas principalmente durante este año de estudio, y nos descubren a una joven estudiante de arte que transmite sus preocupaciones y su inspiración en la nueva ciudad.

Estudió a artistas como Giotto, que le permitieron ahondar en el dominio de las artes de la composición y la perspectiva. La exploración de la escultura clásica se tradujo en los cariátides que poblarían sus imágenes posteriores. Pasó horas en la librería Maldoror en Via di Parione, especializada en literatura vanguardista, surrealista y fantástica, en la que más tarde realizó su primera exposición individual. Hizo amistad con artistas italianos que la introdujeron en el Pastifico Cerere, una fábrica de pasta abandonada en San Lorenzo, en cuyo cavernoso y ruinoso espacio pudo explorar los límites de su imaginación.
Muchas imágenes célebres vinieron de esta época, incluida la serie Angel, donde Woodman salta alegremente hacia dos alas que cuelgan del techo del Cerere, y la serie Eel de inspiración surrealista, desnudos inconexos combinados con cuencos de anguilas. La privacidad, la luz, el espacio y las paredes desconchadas de la fábrica de pasta también le permitieron experimentar más con sus desnudos de confrontación, las figuras nebulosas que se mezclan con los muebles, sus formas desaparecidas, elementos que se han convertido en sinónimo de su estilo.

Woodman nos enseña que el ser humano está inmerso en un mundo de signos, de esa manera la ausencia también esconde sus significados, más allá de lo que no es o no está, por ello la imagen se niega a permanecer inmóvil, todo se muestra evanescente.

Una obra compleja en la que reivindica la conciencia del cuerpo femenino y la importancia de la representación. La mujer como artista y como sujeto de la obra, una modelo en movimiento que rompe con el rol que le ha sido históricamente asignado, haciendo una disyunción entre el ser y su representación.

No desaproveches la oportunidad de ver las fotografías de una de mujer que se fue demasiado pronto porque su vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones…  en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas.

Estas fueron las palabras que escribió en la carta que dejó justo antes de tirarse por una ventana el 19 de enero de 1981. Tenía 22 años.