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Laura Naranjo

Bañada por el Mar Cantábrico y custodiada por el País Vasco, Castilla y León y el Principado de Asturias, se encuentra Cantabria, una región que esconde auténticos tesoros gastronómicos. Su capital, Santander, bien podría ser el punto de partida para saborear la gastronomía cántabra en todas sus versiones. Así pues, hasta allí nos dirigimos para degustar los placeres de esta tierra y elaborar una guía de la región imperdible. Palabra.

La aventura gastronómica empezó pronto, muy pronto. Para celebrar que Vueling acaba de inaugurar sus vuelos semanales -tres- entre Barcelona y Santander, Fernando Sainz de la Maza y Nacho Solana, estrellas Michelín y soles Repsol del la región, convirtieron la cabina del avión en una improvisada cocina. Juntos, realizaron un showcooking de excepeción a 30.000 pies de altura y deleitaron a todos los pasajeros a bordo con una degustación exclusiva de tapas. Anchoa, queso, sofrito de tomate y salmón fue el pincho elaborado por Sainz de la Maza; pulpo en escabeche con puré de patatas y huevas de trucha, el de Solana. Todo ello acompañado del vino Yenda, un IGP Vino de la Tierra Costa Cantabria. Y sí, por primera vez, un vuelo se convirtió en una experiencia más que agradable. La cosa no había hecho más que empezar.

El Serbal, cocina creativa con productos de temporada y base cántabra

Del aeropuerto, saltamos directos a El Serbal, el restaurante de Fernando, que consiguió la estrella Michelín en 2003 gracias a las innovadoras creaciones culinarias de este chef y a la excelsa calidad de las materias primas locales utilizadas en sus platos. Y cuando hablo en plural me refiero a los compañeros de El Periódico de Catalunya, de Tv3, de 7 Caníbales, del ABC, de la Ser o de Saber y Sabor. Allí nos esperaba una cocina de mercado con productos de la región, creativa y con mucho sabor como el carpaccio de bonito del Cantábrico con su tartar y vinagreta de cebollino y piñones, el arroz con cachón en su tinta con langostino en tempura y suave alioli, el hojaldre de rabo de vaca pinta en su jugo con foie gras y hongos o la torrija de sobao pasiego con helado de canela y orujo de Liébana. Un restaurante ubicado en pleno barrio santanderino de Puerto Chico al que acudir sí o sí y dejarse mimar por un precio medio de 38 euros.

La Bodega del Riojano, un clásico de 1940

Tras hacer la digestión en el Hotel Santemar, a orillas de la Playa del Sardinero -un surf spot urbano imprescindible-, llegó el momento de realizar la segunda parada del viaje en un local mítico, La Bodega del Riojano. Este entrañable restaurante del casco histórico vio la luz en 1940 y su decoración -además de sus platos- atrae el interés de miles de curiosos. Y es que decenas de barricas que sirvieron de lienzo para los más importantes artistas españoles contemporáneos pueblan las paredes del espacio y componen el marco idóneo para servir una cocina tradicional enraizada en la Rioja, sencilla y realizada con excelentes materias primas. Ejemplo de ello son la cecina, las croquetas de mejillones y gambas, los huevos estrellados, el bacalao con tomate, los pimientos rellenos y la leche frita. Visita obligada por 35 euros de media.

Bodegas Sel D’Aiz y sus vinos Yenda

Nuevo día, más aventura. En la siguiente parada de nuestra ruta gastronómica nos esperaban Asier y Miriam. Este matrimonio en la teoría y en la práctica decidió en 2007 dar vida a las Bodegas Sel D’Aiz, una bodega familiar ubicada en un edificio que data de finales del S.XIX. A lo largo de su historia, ha pasado de ser una cabaña pasiega, propio de las zonas montañosas de Cantabria, para albergar 5.000 litros de excelente vino bajo el nombre de Yenda. Tres variedades son las que presenta: Albariño-Godello al 50%, fresco y equilibrado, con final seco; un Riesling 100%, fresco con delicada acidez, largo y agradable postgusto; y un vendimia seleccionada de Albariño, Riesling y Godello -Spicata-, elegante, aromático, ligero en el paladar, acompañado de una refrescante acidez. Tres variades que pudimos catar junto a quesos y anchoas de la región. Todo ello en plena pradera cántabra, paisaje de ensueño.

Quesos de lagrimita

Con un regusto para el recuerdo, nos dirigimos a la Quesería La Jarradilla donde nos encontramos con Álvaro, María Eugenia y sus vacas. Ellos -vacas incluidas-, junto con los prados de lujo que rodean la finca, son los responsables de unos quesos de lagrimita. Sin perder demasiado tiempo, nos abalanzamos sobre el plato que nos habían preparado. Empezamos con un queso fresco de textura blanda, granulosa y fundente al paladar de sabor dulce, poco salado y con un punto de acidez suave. Seguimos con el queso Braniza, también suave y poco salado pero con postgusto a mantequilla fresca con toques cítricos. Continuamos con el queso pasiego, de textura ligeramente elástica y con recuerdos a yogur y notas de nata dulce. Acabamos con el queso Divirín con 70 días de maduración, la joya de la corona. De textura semiblanda y de postgusto a champiñón o moho, este es un manjar de los de top ten.

Naturaleza, producto y sabor por Nacho Solana

Por si no habíamos tenido suficiente y para cerrar una experiencia de diez, aterrizamos en el Solana tras atravesar bellos y altos montes. Y es que es allí donde se encuentra el restaurante de Nacho Solana. Bajo el lema ‘Naturaleza, producto, sabor’, este joven cántabro ha conseguido transformar una tasca típica de la posguerra en un restaurante de estrella Michelín. Se trata de un espacio en el que la cocina tradicional con sutiles toques de creatividad convive en sintonía con un idílico paraje frente al santuario de la Virgen Bien Aparecida -patrona de Cantabria-, en la cuenca del Asón. Poco amigo de artificios gratuitos y manejando con sabiduría innata las materias primas, Nacho consigue despertar los paladares más exigentes con platos como el refresco de tomate de temporada con naranja, la croqueta de bacalao, alachofa a la plancha “sin nada”, el royal de foie caramelizado con espuma de avellana, la fideuá de chipirión de guadaña, sus tintas, ali-oli y aire de agua de mar, la merluza de anzuelo de la costa de Laredo al pil-pil de sus propias raspas, la ventresca de atún rojo a la piedra de sal o el huevo frito de corral a modo de postre. Una delicia para los sentidos que degustar por 55 euros.

Y con las buenas sensaciones todavía invadiendo nuestros cuerpos, ya un poco más pesados, nos desplazamos a Sondika, al aeropuerto de Bilbao. Casi sin darnos cuenta volvíamos a estar dentro de un avión. Esta vez no nos acompañaban ni Nacho ni Fernando. Tampoco teníamos en nuestros asientos una cajita con tapas de altura, ni había periodistas pendientes de un showcooking inédito. Pero ahí estábamos todos, rebosantes de placer, cansados, cabizbajos, casi tristes, planeando cuándo podríamos volver a pisar esa tierra bañada por el Mar Cantábrico y custodiada por el País Vasco, Castilla y León y el Principado de Asturias.