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Pau Roca

Bacaro es el nombre que recibe el típico bar veneciano donde se va siempre a tomar algo. La tasca o la taberna de toda la vida. Y en Barcelona, el Bacaro es un restaurante italiano mimado y con buen gusto situado en el barrio del Raval. Más concretamente en una callecita estrecha detrás de la Boquería por lo que, por desgracia, pasa un poco desapercibido. Aunque eso lo hace más entrañable y auténtico si cabe. Decorado bajo el inconfundible estilo veneciano, desde que uno entra en Bacaro se siente a gusto. Las mesas, puestas de manera sencilla y sin pretensiones, dan la bienvenida a un local elegantemente destartalado. Informal pero con planta. Está dividido en dos zonas: la de abajo, donde apenas caben unas 5 ó 6 mesas, y la zona de arriba, conectada por una desgastada -que no fea, cuidado- escalera que acaba cobrando mucho protagonismo en el local.

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Bacaro es el nombre que recibe el típico bar veneciano donde se va siempre a tomar algo

Sus dueños Alfredo y Pablo (ex trabajadores de uno de los italianos con más reputación de Barcelona cuyo nombre no quiero acordarme) han sabido crear una carta escueta pero cuidada al máximo detalle con un protagonismo aclaparador de los productos frescos de mercado. Cuentan con platos insignia que son inmejorables. Lo dice la voz de la experiencia, ya que puedo asegurar que no encontraréis unas sardinas en saor mejor preparadas que las del Bacaro. Tampoco conviene perderse el plato de pastelini (una pasta típica italiana hecha con pan y parmesano) con ceps frescos, o el salteado de mejillones, realmente increíbles. Todo esto para comenzar. De segundo es imprescindible probar la suprema de pez limón (o serviola) en panure con espárragos, calabacines babies y crema de col lombarda. Si sois más de carnes, el solomillo de ternera con patatas, cebolla tierna y zanahoria es realmente exquisito. En todo caso, la carta va cambiando, así que lo mejor será que os dejéis llevar por las sugerencias de Alfredo, y seguro que acertáis. Pidáis lo que pidáis es imposible salir descontento de Bacaro, y si os lo podéis permitir (la realidad es que no es un restaurante barato) es un sacrilegio no acompañar la experiencia con alguno de los excelentes vinos de la carta. Para acabar no puede faltar la degustación de uno de sus postres caseros (el tiramisú que hacen es para llorar del gusto) y un chupito de grappa, claro.

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No encontraréis unas Sardinas en saor mejor preparadas que las del Bacaro

Si no lo hemos comentado anteriormente, el pequeño-gran Bacaro tiene un valor añadido cada vez más codiciado hoy en día: la ternura y el amor de sus trabajadores. Conocer a sus dueños Alfredo y Pablo no tiene precio. La manera como te cuentan cada uno de los ingredientes de cada plato, el cariño y empeño que le ponen a que estés cómodo en su casa, sumando a la amabilidad que derrochan, bien vale una cena en el Bacaro… ¡Y las que sean! Visita 100% recomendada, por no decir obligada.

 

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