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Carlos Martín-Peñasco

La Gloria es el homenaje de Sol a su abuela. Una abuela que fue más madre que abuela. A gloria era a lo que sabía su comida y a Gloria huele la cocina de este bar, que es más una casa que un bar.

«Yo no había abierto ninguno, pero había cerrado muchos», explica Sol, cuyo pasado laboral está ligado al medio audiovisual. «Yo digo que La Gloria es un producto de las crisis, porque de ahí salió la idea del bar. Un amigo periodista me aconsejó que sacara comida de mi tierra, que se notara la huella andaluza, y me lancé con una carta de ocho raciones. Algunas recetas son de La Gloria, mi abuela». Sin ser una historia inédita -pues tiene muchas similitudes con tantas otras reinvenciones profesionales-, la historia de Sol se disfruta como si fuera la primera vez. Ella es una cordobesa directa, llana y muy querida en Malasaña y entre la gente del cine y el teatro, habituales de su bar. Pero volvamos a los inicios. «Vi que todo el mundo daba brunch en el barrio, y yo no soy nada de ir a un sitio a que me cobren 30 pavos por una magdalena, unos huevos y un bloody mary. Y además, soy muy gorda en los gustos, mi plato favorito es pan y aceite. A mí me gusta desayunar y comer, no todo en uno. Un día, un amigo de la escuela de cine pasó a verme. Él tampoco tenía mucho curro de lo suyo y se vino a trabajar conmigo. Yo le pregunté que qué sabía hacer. Él era valenciano y dijo: yo, paella. Colocamos un cartel fuera que decía «Aquí no hay brunch, hay lunch. PAELLA VALENCIANA». Dos meses después, salimos en Glamour con un artículo que decía «la paella, el nuevo lunch». Tanto es así, que la de La Gloria es de las paellas mejor consideradas de Madrid, siendo incluso distinguida con el premio de los valencianos Wikipaella. La oportunidad se repite cada domingo a las tres de la tarde pero es prácticamente imposible sentarse a comer sin reserva.

La Gloria estrena nuevo local y se reafirma en señas de identidad: ambiente familiar, festivo y casero

La paella es solo una de los muchos encantos del lugar. Entre sus raciones, abundantes y a buen precio, se encuentran el salmorejo, la carrillada al amontillado, las berenjenas con miel o las albóndigas con chocos. «El 50% de la carta son verduras y hortalizas. No tengo nada de macro, todo se compra en el pequeño comercio de Malasaña y Conde Duque. A mí me gusta salir a comprar y que me salude el panadero de Espíritu Santo, hablar con Manolo, el de las verduras de Corredera Baja, o con los de la pescadería Barceló. Llamarnos por nuestros nombre, dejarnos cosas a fiar… Lo único que traigo de fuera son los flamenquines de mi pueblo y el atún de Barbate, que me los mandan por mensajería.» Todo esto, dice Sol, es en pos de hacer el negocio más entrañable. Lejos de estrategias de marketing, a ella le gusta organizar «cosas diferentes, divertidas», como excursiones a su huerto de San Martín de la Vega donde se lleva a los clientes los domingos por la mañana. «A la gente le gusta más los sitios donde pasan estas cosas. Por lo demás, en La Gloria hay pocas restricciones». Y uno lo comprueba un domingo cualquiera, al llegar a la hora de la paella y ver el panorama: una mesa con una pandilla gay de quince amigos eufóricos al lado de otra comitiva familiar presidida por el director José Luís Cuerda con carritos de coche incluidos, parejas tapeando, primos reencontrándose, actores tomando café antes de la función, algún turista despistado y Sol y su equipo derrochando carisma y cercanía aunque no dejen de sacar comandas y en la cocina no den abasto.

No acaban aquí las novedades. Ellos acaban de dejar su antiguo local de Malasaña para trasladar el bar -intacto en esencia- unas calles más arriba, hasta Noviciado. Como no podía ser de otra forma, en la nueva Gloria también está la ya emblemática foto en blanco y negro de la abuela de Sol, esa mujer sonriente y de pelo rizado que cocinaba como nadie. Y aunque ella se fue hace unos meses, ha dejado impregnado su olor y su buen hacer allá donde estén Sol y el bar que lleva su nombre, que es más una casa que un bar, que no tiene tanto de negocio como de conmovedor homenaje.

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